Natsume Sōseki (1867 - 1916) Tamiki Hara (1905-1951)
Ahora bien, ya conocen el rostro de las personas que mencionaba, pero, ¿quiénes son estos escritores?
El primero, (el de la izquierda) es considerado uno de los fundadores de la literatura japonesa moderna y es reconocido por explorar la oscuridad de la mente humana en sus obras, satirizar sobre los diversos tintes que adquirió la sociedad japonesa moderna, esa del periodo Meiji que empieza a abrirse al mundo y a amañar las costumbres y valores occidentales, también es ese escritor que estuvo por más de 25 años en el billete de mil yenes, pero lo sacaron de circulación, porque en cierta época empezaron a falsificarlo masivamente, también es ese escritor que es recordado por su libro Kokoro (1914), porque Kokoro es como la María de los japoneses, todo el mundo lee ese libro en el colegio y el que no lo lee, es como si no hubiera ido a la escuela.
El segundo, como buen escritor, sufrió más que perro callejero, su vida se vio rodeada por la muerte y la soledad, en su juventud frecuentó prostitutas y casas de diversión, era todo un bohemio quien leía a Verlaine y Murou en sus años de universitario en una de las muchas universidades prestigiosas de Japón. Hara era un escritor dado al dandismo y, también participó en movimientos de izquierda, los que abandonó luego de ir varias veces a la cárcel; cuando Hara pudo poner su vida en orden debido al amor, este se fue pocos años después, debido a una tuberculosis y de nuevo, Hara estaba solo, por lo que decidió volver a la casa familiar en su ciudad natal, Hiroshima, cuando a penas comenzaba 1945, y ahí es cuando vuelve la tragedia a la vida de Hara, pocos meses después fue victima y sobreviviente de la bomba atómica que fue lanzada sobre Hiroshima el 6 de agosto de 1945. Este suceso fue relatado en la novela Flores de verano y varios poemas. Hara es reconocido por ser uno de los máximos exponentes de la literatura de la bomba atómica (Genbaku bungaku) junto con Yoko Ōta.
Ahora sí, vamos a conocer un poco de las dos obras que tanto me apasionan, este es uno de mis fragmentos preferidos de Soy un gato de Sōseki, en el que nuestro gato filósofo narra la muerte de Esquilo:
"Hace mucho tiempo hubo en Grecia un escritor llamado Esquilo, que tenía una cabeza como la de todos los sabios, es decir, calva. Y era calvo justamente por falta de nutrición capilar.
Normalmente, los grandes sabios usan solo su cabeza para vivir, y, por tanto, carecen de ingresos suficientes para alimentarse. Los pocos ingresos que entraban en su casa tenían como consecuencia una alimentación escasa u deficitaria en nutrientes. Y eso suele conllevar a la debilidad y la consiguiente perdida del cabello. Esquilo era un sabio entre los sabios, así que a nadie le extrañará que su cabeza estuviese lisa y reluciente como una naranja monda. Un día salió a pasear bajo el paraguas de su cabeza calva (con eso no quiero decir que uno puede cambiarse de cabeza como lo haría de sombrero y ponerse una para cada ocasión; únicamente quería llamar la atención sobre el hecho de que su cabeza era tan calva como siempre). Esquilo caminaba bien erguido bajo el magnífico sol de mediodía heleno. Y precisamente los reflejos provocados por sus destellos craneales fueron la causa de un dramático error. Cuando una calva semejante recibe los rayos solares, produce un reflejo que puede ser visto a gran distancia. Al igual que los árboles reciben el azote del viento, esa especie de foco luminoso puede recibir el impacto de cualquier cosa que esté volando por el aire, y que esté buscando un sitio para estrellarse.
En ese momento sobrevolaba sobre la cabeza del pobre Esquilo un águila que llevaba una tortuga atrapada entre sus garras. Las tortugas y otros quelonios son alimentos deliciosos, pero ya desde la época de los griegos son conocidos por tener un caparazón casi impenetrable, y de una dureza imposible. Son muy sabrosos, pero sirven poco al estar envueltos en tan granítica armadura. Hoy en día está muy de moda comer langostinos a la parrilla, pero seguro que nadie ha visto en ningún restaurante tortugas a la parrilla, seguro que tal plato no estará nunca disponible en nuestros modernos restaurantes como tampoco lo estaba en el menú de los antiguos griegos. El águila probablemente se preguntaba qué podía hacer con su presa, cuando de pronto vio allí abajo un objeto resplandeciente, "ya lo tengo", se dijo, y soltó a su desafortunada presa contra aquel objeto para lograr romper el caparazón con el impacto. Por desgracia para el águila y el propio Esquilo los cráneos de los escritores son más blandos que los caparazones de las tortugas, y fue así como aquella luz que guiaba los designios de la literatura se apagó y llegó a su desdichado fin". (P. 397).
Ahora, para no alargarnos más, un fragmento de Flores de verano, en donde el autor escribe algunas palabras en mayúsculas sobre la tragedia que estaba viviendo:
FRAGMENTOS DESTROZADOS, TITILANTES,
Y CENIZAS GRISES, CASI NÍVEAS,
UN VASTO PANORAMA,
EL EXTRAÑO COMPÁS DE CADÁVERES HUMANOS ABRASADOS AL ROJO.
¿ERA REAL TODO ESO?, ¿PODRÍA SER REAL?
EL MUNDO DE ANTAÑO, CERCENADO EN UN INSTANTE PARA DEJAR ESTA HUELLA.
LAS RUEDAS DE LOS TRANVÍAS DESCARRILADOS,
LOS VIENTRES DE LOS CABALLOS, TUMEFACTOS,
EL HEDOR DE LOS CABLES ELÉCTRICOS, QUE HUMEAN SISEANTES. (P. 93)
Estas dos obras son caras opuestas, una es una sátira a diversos temas que sacudían al Japón de la restauración Meiji y la segunda es el retrato de una tragedia por parte de un sobreviviente de la bomba atómica (hibakusha), me apasionan, porque me permiten descubrir diversas caras de Japón y aprender cosas nuevas sobre este país, también, es importante pensar en términos de qué experiencia causar en mí esos libros, pues, el muy bien citado y nombrado por aquí y por allá Jorge Larrosa, dice que si uno no genera experiencia con la obra literaria, nada habrá cambiado, nada se habrá deformado, transformado o formado, entonces Soy un gato me hizo entender la naturaleza (in) humana bajo los ojos de un gato astuto, leer este tipo de novela me ayudó a comprender mejor a los otros, a pensar en que tal vez, algún gato podría estar haciendo el mismo trabajo y análisis filosófico de la humanidad con sus cuitas y dichas. Es mucho lo que le debo a Sōseki, porque gracias a él aprendí a leer las situaciones azarosas de la vida con humor y a usar la sátira como ese postre agridulce que se sirve bien frío después de una gran cena. A Hara Tamiki, que con su sufrimiento logró tocar mi corazón, no solo en Flores de verano, sino, también en El país que mi corazón desea le agradezco por abrir mi mente a un suceso tan lamentable en la historia en la humanidad y pude comprender que la literatura es un elemento fantástico para recuperar la memoria y aliviar el espíritu, pues después de perderlo todo, lo único que queda es errar y acudir a los vestigios de la memoria para intentar reafirmarse en las letras, dormirse en el seno del papel y la tinta para acabar con el tormento incesante que sugiere vivir luego de una acontecimiento doloroso.

