sábado, 22 de octubre de 2016

Decimotercera elucubración: Reconstruyendo

Esta semana quisiera reconstruir una historia que me contó mi abuelo materno, una historia un poco tétrica, pero que él me contó con una mirada llena de sosiego, con ritmo lento y casi arrastrando cada palabra, quiero reconstruirla desde los límites de mi capacidad para narrar, aquí va:

Era una tarde clara de diciembre, una de esas tardes que no evocan mucho, pues pasan sin pena ni gloria, yo estaba sumido en un letargo producto de aquella tarde tan anodina, mientras regaba las plantas del jardín delantero cuando la vecina me grita con un tono de desespero en su voz:


 Niño Rafa, niño Rafa, necesito urgente su ayuda


Yo salí un poco del letargo y le dije: "¿Qué pasó, Doña Emilia?"


Mijo, es que la niña está muy mal, ya le he dado de todo y no progresa,  yo veo que se está es como muriendo, ¿usted me hace el favor de llevarla donde la médica que yo le pago?, es que usted sabe que yo no puedo dejar a mis otros niños, hágame ese favor, ¿sí?


El tono suplicante de doña Emilia y su mirada de dolor me llevaron a decirle: 


"Sí, mañana en la mañana partiré con ella".


Gracias, mijo dijo y se fue. 


A la mañana siguiente comencé a prepararme para partir hacia el pueblo, eran 5 horas caminando, pues no había de otra, ya que hasta la vereda donde vivíamos no llegaba transporte y tocaba caminar 3 horas para conseguir transporte al pueblo, y este solo funcionaba los domingos; la urgencia de Doña Emilia y su hija se gestó un martes, por lo que tenía que partir con ella lo más rápido posible, tenía que cargarla, pues ella difícilmente podría sostenerse, así que preparé una especie de cargador para llevar a la muchacha de Doña Emilia quien llamaba a su hija de 14 años "niña". Así desayuné en abundancia, pues de esa manera lo quiso mi madre quien me echaba la bendición y me decía que tuviera cuidado en el camino. Yo tenía 19 años y pocas veces había ido al pueblo, estaba acostumbrado al campo, a mirar las montañas que me rodeaban, a veces con felicidad y a veces con melancolía, a cultivar la tierra y a comer sancocho, frijoles, carne gorda y una buena jarra de "guandolo", el que me da energías durante el arduo trabajo del campo. 


Cuando estuve listo, fui a la casa de Doña Emilia, la que quedaba a 15 minutos de la mía, pude ver a aquella muchacha de pechos leves, medio metida en un vestido de flores con una cara más de muerta que de viva esperando mi llegada, ella me sonrió con fuerza, mientras su madre me pedía que la cuidara e hiciera todo lo posible para que se salvara, puesto que ella era su hija favorita y no la quería ver morir tan joven, yo asentí y la acomodé en mi espalda en el cargador improvisado que hice, ella parecía una muñeca, no pesaba mucho, pues era flaca como gato de pobre y sus cabellos eran negros, largos y brillantes, su piel era pálida, casi marchita, sus ojos tristes y enfermos eran de un color verde que irradiaba frescura como una pradera bañada por gotas de rocío en un amanecer estival y sus labios permanecían rojos, como si la muerte los llenará de besos, antes de llevársela de una vez por todas. 

Ya había caminado con ella aproximadamente una hora, ella dormía tranquila, con una mejilla apoyada en mi hombro, su respiración era suave, no me pesaba, pues yo era un muchacho alto, fornido, a quien tanto caldo de Gallina, frijoles y trabajo en el campo lo habían transformado en un muchacho imbatible y con mucha tesura. La madre de aquella muchacha, cuyo nombre es María, me dio algunos pesos para gastar en el pueblo y para pagar lo que necesitara su "niña", no podía parar de pensar en lo que podría comprar con esa pequeña suma de dinero, que para mí era como una puerta a lo desconocido, algo de variedad para quien las montañas son su claustro y sustento, ahí,  luego del piense y piense sobre en qué  gastar el dinero, María comenzó a decir cosas con poca coherencia: "Madre, me quiero casar", "Madre, a veces veo a un ángel que me dice que agarre su mano", "Madre, no me quiero ir", de cuando en cuando decía estas cosas en un tono bajo, yo supuse que estaba delirando y le ponía paños en la frente y mojaba sus labios, ella decía esto dormida, yo intentaba ignorar sus palabras. 

Llegamos al pueblo, luego de siete horas, pues tuve que parar mucho para auxiliar a María, quien estaba como en otro mundo, comió con dificultad y nunca me habló, cuando llegamos donde la médica ella me dijo que María iba a morir pronto, que no había esperanza para ella, que si aguantaba el viaje de regreso a casa era mucho, que mejor me apurara para que alcanzara a morir en el seno de su casa y madre. Sus palabras me aporrearon, todo aquel viaje para nada, todo este camino le había quitado horas de su corta vida, las que pudo haber pasado con su madre y hermanos. 

Reinicié el camino ipso facto, sin gastar ni un maravedí, mi misión era llevar a aquella muchacha delirante a su hogar antes de morir, lo cual intenté hacer casi corriendo, pero fue inútil, pues en la tercera hora de camino María se agarró muy fuerte de mí y mordió mi hombro derecho, luego dejé de sentir su respiración, aquella muchacha de ojos hermosos y pechos leves había muerto en mi espalda. Se fue, sin decir nada, lo último que dijo fue en el consultorio de la médica: "Madre, quiero agarrar la mano del ángel", mientras abría sus ojos con una mirada extática, para luego cerrarlos y poner una mano en su estómago. Ahora, estaba cargando un cuerpo yerto e inerme, no sabia qué decirle a su madre exactamente y la idea de cargar un cuerpo sin vida por unas 3 horas aproximadamente, me aterraba. Pero, tuve que hacerlo, con el resultado curioso de que su cuerpo, en poco tiempo, resultó tan pesado como un bulto de piedras.

Llegué a casa cayendo del agotamiento que sentía, mi madre lloró al saber de la muerte de María, y rápidamente llamó a su madre quien no pudo parar de llorar sobre el cuerpo de su adorada "niña", María fue enterrada al día siguiente, rodeada de sus hermanitos y los sollozos de su madre. Suelo cuidar las flores que crecen en su tumba y recordar aquel hecho con cierta tristeza. 


Duodécima elucubración: Mi proceso de adquisición del lenguaje




¡Oh! La infancia, ¡Oh! Comparación inaprensible.
¿Adónde fue, adónde?


— Rainer María Rilke



Hace unos días mi madre estaba buscando unos papeles y, como buena mamá se puso a organizar el estante donde los buscaba, en esas encontró unos cuadernos viejos que puso a un lado para botarlos, pero yo dije: "no tan rápido" y empecé a hojearlos, mirar cada letra e información escrita allí, y encontré en las últimas páginas de uno de aquellos cuadernos mi carné de pre-escolar y muchas planas, que al preguntarle a mi madre por ellas, me dijo que a ella le gustaba ponerme planas y dibujos para que practicara, así supe que había encontrado el "cuaderno de las planas", en el cual pude ver mi proceso de adquisición de la lengua, pues además, mi madre me dijo que en aquel cuaderno me puso a practicar por varios años, lo que me emocionó mucho, pues pude ver mi desarrollo a la luz de los lineamientos curriculares, por ejemplo: cuándo empecé a seguir un orden, una linealidad, cómo perfeccioné la escritura de algunas letras, el desarrollo de la coherencia y cohesión en las palabras y oraciones que escribía, etc. fue muy interesante ver esto, por lo que les pondré algunas fotos de ello: 



Este carné es del año 2002, tenía 4 años



Aquí se puede ver una escritura más suelta y definida


 

"Mi papá es un tipo serio"


Una bailarina


Mi madre me dijo que esta plana es de cuando estaba en segundo


Plana de primer grado  (5 años)


Primer grado 


Cuando empezaba a reconocer mi nombre... 


Mamá


Mi madre me dijo que a ella siempre le decían que yo era una niña muy expresiva y que tenía una muy buena ortografía y léxico, si miran las planas, mi madre siempre me enseñaba diversas palabras, también me compraba sopas de letras, libros para colorear y cuentos. A ella le debo mi buen manejo de la lengua, pues ella potenció y estimuló  mi buen proceso de adquisición de la lenguay mi amor por las letras, porque recuerdo que ella nos llevaba, a mi hermano y a mí, a la sede de la Biblioteca Pública Piloto, Juan Zuleta Ferrer en Campo Valdés y nos leía cuentos, nos mostraba imágenes, hacia las tareas con nosotros, luego nos compraba un helado y llevaba a mi hermano a fútbol y a mí a natación, y ella se quedaba leyendo, después de terminar nuestras actividades deportivas, nos íbamos caminando a casa y ella nos hablaba de palabras nuevas y lo que había leído. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Undécima elucubración: Junín



"El pasado está escrito en la memoria y el futuro está presente en el deseo"



—Carlos Fuentes

Esta semana tuve que ir a Junín con la playa, en  pleno centro, por cuestiones académicas. No sabía ni cómo llegar al lugar, pero, contaba con mis compañeros quienes están terminando la carrera de arquitectura, y mientras andábamos por el Parque Berrío, ellos hablaban del centro hace unos años, de los edificios, su construcción, sus funciones, etc. Y de historia en historia, llegamos a Junín, un pasaje del cual ya había escuchado, pues un amigo me hablaba mucho del olvidado Teatro Junín, y me decía que a él le hubiera gustaba estar allí, en las obras de teatro, en las presentaciones de las orquestas, ir al cine de esos tiempos, y otras cosas que me generaron curiosidad y así encontré imágenes muy bellas de aquel teatro en Internet, quedé sorprendida por el hecho de que Medellín , por algunas décadas, tuvo aquella imponente y hermosa construcción: 



Este teatro fue construido en 1924 por un arquitecto belga llamado Agustín Goovaerts, y  podía albergar a 4.200 personas, llegó a ser, en su tiempo, uno de los 4 teatros más grandes del mundo, y fue escenario de múltiples acontecimientos  de índole político, cultural, artístico y musical, pero fue derrumbado en 1967  para construir el edificio Coltejer.


Cartel de presentación de una obra de teatro. 

Ya en Junín, pude observar la dinámica del lugar: gente yendo y viniendo de un lugar a otro, casi siempre de afán, uno que otro viejito sentado, ya sea con un periódico en las manos,  u observando a la gente con cierta nostalgia en la mirada, también, pude ver que en el lugar había muchos puestos de flores, negocios de artesanías y lugares para comer, entre ellos el Salón Versalles y la repostería Astor, lugares tradicionales, que en otros tiempos albergaban a celebridades, artistas y escritores, como el reconocido escritor antioqueño Manuel Mejía Vallejo, quien escribió  Aire de tango  en el segundo piso del salón, y los nadaístas, quienes se reunían allí para hacer sus tertulias. 

Así, mientras observaba y escuchaba a mis compañeros hablar sobre el Junín viejo y el Junín moderno, pensaba en como sería "juniniar" en los  años 60/70, en ser fotografiada por los fotocineros, quienes se dedicaban a tomar fotos a los transeúntes, por lo general desprevenidos, para ganarse unos pesos:



Y también, ver a los muchachos y tomar un helado  en alguna de sus famosas heladerías, pues Junín era un lugar de encuentro, de reunión, movía a mucha gente y solía ser muy seguro, era prácticamente un centro comercial al aire libre. Por otro lado, algo que me llamó la atención fue cuando mis amigos dijeron que la gente sentía la pérdida del Teatro Junín como una herida permanente, pues este lugar promovía movimientos culturales y un lugar de encuentro para muchos poder disfrutar de las artes, ya que esto quedó en el aire, pues no se construyó o se reemplazó el lugar por otro que promoviera las artes y la cultura de la manera que lo hacia el Teatro. Esto fue lo que quedó de él: 


Y se convirtió en esto: 

El primer rascacielos del país. 

Al ver esas imágenes, se siente cierta nostalgia y la imaginación vuela a los parajes de una ciudad en crecimiento, con jovencitas en bellos vestidos, y jóvenes con pantalones de paño y sombrero que les sonreían coquetamente, las madres con sus niños de la mano, dando un paseo y comprando una muda de ropa nueva, o cachivaches diversos, las parejas caminando a la función de una película americana o al teatro, las familias dando un paseo, y los autos yendo y viniendo a los lados, porque Junín apenas se peatonalizó en los años ochenta, en fin, hoy Junín es otra cosa, hay más comercio que cultura y ya no hay muchachos mirando a su próxima novia o muchachas en bellos vestidos arrojando miradas por ahí, o madres con sus niños comiendo un helado. Ya no hay teatros, ya no hay cafés, ya la gente pasa por Junín y no se queda, pero así son las cosas, cambian para mejor o peor, saber qué pasó en esta situación: depende de dónde se mire. 



domingo, 2 de octubre de 2016

Décima elucubración: Baudelaire.



Charles Baudelaire.


En esta entrada quisiera hablar sobre el autor que despertó en mi el amor por la poesía: Charles Baudelaire, pero, esto pasó gracias a un manga con el mismo nombre de su obra más notable, aquí va la historia:

Resulta que cuando estaba en once comencé a leer un manga llamado Aku no hana (惡の華), en español: las flores del mal,  un manga que conquistó mi corazón y con el tiempo me volví lectora asidua de él, y cuyo personaje Kasuga Takao era un lector empedernido de Baudelaire y otros poetas franceses del simbolismo, incluso como se puede apreciar en esta página del manga (Imagen número uno) , Takao siempre tenía a Baudelaire en sus pensamientos y en clase, cuando se aburría, leía las flores del mal.

Así, me entró curiosidad y empecé a buscar poemas de Baudelaire en Internet y me gustaron muchísimo, por tanto quise prestar Las flores del mal en la biblioteca de Sabaneta, lugar al que mi madre me solía llevar a leer y a  prestar libros, en especial, los de Laura Restrepo, aquí hago una pequeña digresión: en la biblioteca de Sabaneta solo había tres libros de Laura Restrepo: Dulce Compañía, Leopardo al sol y Delirio, y solo hasta que llegué a  la Universidad pude leer toda su obra narrativa, pues no solía salir mucho de Sabaneta y no conocía bibliotecas más grandes como la Piloto o la biblioteca de la U de A.

Ahora, cuando comencé a leer a Baudelaire encontré cierto lo que decía Takao en las primeras páginas del manga (imagen 2), el libro era algo completamente diferente a lo que había leído en mis cortos 16 años, los poemas me causaban un mar de sensaciones y de visiones, las palabras de Baudelaire se convirtieron para mi en una música exótica y bohemia, porque eso era Baudelaire, un bohemio amante de los placeres efímeros, exóticos, del tabaco y las borracheras con tertulia incluida con literatos decadentes en el barrio latino. Y, así fui viajando por sus verso libre y enigmático y cuatro de sus poemas se convirtieron en palabras más allá de todo para mí y extático es el momento en el que los vuelvo a leer, aquellos poemas son: El extranjero, Conversación,Cielo nublado y  La máscara, por su belleza y a la vez misterio, pues me hacen pensar en otras realidades posibles, también porque mis emociones se avivan al leer aquellos poemas, pues  bien sabemos que Baudelaire era un maestro de la emoción y del juego con la realidad.

En fin, quería hacer una corta entrada sobre el poeta que tanto me gusta, y quien me hizo conocer la poesía, pues antes de Baudelaire no hubo nada, no trabajé ni a un solo poeta en mi colegio, ni siquiera al gran José Asunción Silva, o al poeta de nuestro pueblo: Julio Floréz, o a otro poeta del corte de Baudelaire como Rimbaud, Verlaine o Mallarmé, todo vino gracias a este manga, en el que hay otras referencias a poetas y autores de diversos lugares del mundo, y esto me hizo enamorarme de la poesía y de reconocer la riqueza del lenguaje cuando  el poeta juega con letras, palabras, frases, rimas,  para dejar volar sus emociones.
Imagen 1
                                       Imagen 2