domingo, 4 de septiembre de 2016

Sexta elucubración: Un recuerdo, sofoco y Camilo.


Hace calor, y Camilo está aquí, frente a mí, todo perfumado y con su flanco juvenil de siempre, vamos en un autobús  atiborrado de gente, lo que hace que el perfume de Camilo se pierda en un mar de emanaciones corporales variopintas, así como su voz que se me va de cuando en cuando y algo en él, tal vez su sombrero de fieltro un tanto raído y de cinta chillona, me hace recordar a aquel joven anodino, un tanto fatuo y de cuello de jirafa, que me encontré en esta misma línea hace unos días, el que protagonizó una escena lamentable, al reprocharle a alguien por empujarle y luego correr como cuarentona con tres o cuatro bolsas en mano con la compra del día al primer sitio que desocuparon.

 Recuerdo el hecho con detalle, porque no solo me sorprendieron sus malas maneras, me sorprendió encontrarlo pocas horas después en uno de mis lugares preferidos, la Plaza de Roma, frente a aquella estación donde le robé un beso a Camilo hace ya un tiempo, y no solo eso fue curioso, pude oír como alguien que hablaba con él y le hacía una sugerencia insustancial sobre ponerle un botón más a su abrigo para que las chicas no huyeran despavoridas por su vello en el pecho, pues aquel hombre lo consideraba poco estético y nada atractivo, hasta dijo que lucía un tanto salvaje y eso no iba con él. En fin, reí con sorna y seguí mi camino, ahora bien, cuando vuelvo con mis cinco sentidos a la hostigante atmósfera del bus número 465 de la línea  S,  que comparto  con 35 almas ardientes, como la de Camilo, escucho que me habla sobre su insoportable sobrinito y otras cosas que son insignificantes, pero ayudan a amainar el desespero incesante que causa este trayecto, pues tanto lo he hecho que ya poco significa.


1 comentario:

  1. Me gusto tu interpretación de la historia. Mucho más ¨acertada¨ a la hora de referenciar el texto original que la mía.

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