Esta semana quisiera reconstruir una historia que me contó mi abuelo materno, una historia un poco tétrica, pero que él me contó con una mirada llena de sosiego, con ritmo lento y casi arrastrando cada palabra, quiero reconstruirla desde los límites de mi capacidad para narrar, aquí va:
Era una tarde clara de diciembre, una de esas tardes que no evocan mucho, pues pasan sin pena ni gloria, yo estaba sumido en un letargo producto de aquella tarde tan anodina, mientras regaba las plantas del jardín delantero cuando la vecina me grita con un tono de desespero en su voz:
— Niño Rafa, niño Rafa, necesito urgente su ayuda
—Yo salí un poco del letargo y le dije: "¿Qué pasó, Doña Emilia?"
—Mijo, es que la niña está muy mal, ya le he dado de todo y no progresa, yo veo que se está es como muriendo, ¿usted me hace el favor de llevarla donde la médica que yo le pago?, es que usted sabe que yo no puedo dejar a mis otros niños, hágame ese favor, ¿sí?
El tono suplicante de doña Emilia y su mirada de dolor me llevaron a decirle:
—"Sí, mañana en la mañana partiré con ella".
—Gracias, mijo —dijo— y se fue.
A la mañana siguiente comencé a prepararme para partir hacia el pueblo, eran 5 horas caminando, pues no había de otra, ya que hasta la vereda donde vivíamos no llegaba transporte y tocaba caminar 3 horas para conseguir transporte al pueblo, y este solo funcionaba los domingos; la urgencia de Doña Emilia y su hija se gestó un martes, por lo que tenía que partir con ella lo más rápido posible, tenía que cargarla, pues ella difícilmente podría sostenerse, así que preparé una especie de cargador para llevar a la muchacha de Doña Emilia quien llamaba a su hija de 14 años "niña". Así desayuné en abundancia, pues de esa manera lo quiso mi madre quien me echaba la bendición y me decía que tuviera cuidado en el camino. Yo tenía 19 años y pocas veces había ido al pueblo, estaba acostumbrado al campo, a mirar las montañas que me rodeaban, a veces con felicidad y a veces con melancolía, a cultivar la tierra y a comer sancocho, frijoles, carne gorda y una buena jarra de "guandolo", el que me da energías durante el arduo trabajo del campo.
Cuando estuve listo, fui a la casa de Doña Emilia, la que quedaba a 15 minutos de la mía, pude ver a aquella muchacha de pechos leves, medio metida en un vestido de flores con una cara más de muerta que de viva esperando mi llegada, ella me sonrió con fuerza, mientras su madre me pedía que la cuidara e hiciera todo lo posible para que se salvara, puesto que ella era su hija favorita y no la quería ver morir tan joven, yo asentí y la acomodé en mi espalda en el cargador improvisado que hice, ella parecía una muñeca, no pesaba mucho, pues era flaca como gato de pobre y sus cabellos eran negros, largos y brillantes, su piel era pálida, casi marchita, sus ojos tristes y enfermos eran de un color verde que irradiaba frescura como una pradera bañada por gotas de rocío en un amanecer estival y sus labios permanecían rojos, como si la muerte los llenará de besos, antes de llevársela de una vez por todas.
Ya había caminado con ella aproximadamente una hora, ella dormía tranquila, con una mejilla apoyada en mi hombro, su respiración era suave, no me pesaba, pues yo era un muchacho alto, fornido, a quien tanto caldo de Gallina, frijoles y trabajo en el campo lo habían transformado en un muchacho imbatible y con mucha tesura. La madre de aquella muchacha, cuyo nombre es María, me dio algunos pesos para gastar en el pueblo y para pagar lo que necesitara su "niña", no podía parar de pensar en lo que podría comprar con esa pequeña suma de dinero, que para mí era como una puerta a lo desconocido, algo de variedad para quien las montañas son su claustro y sustento, ahí, luego del piense y piense sobre en qué gastar el dinero, María comenzó a decir cosas con poca coherencia: "Madre, me quiero casar", "Madre, a veces veo a un ángel que me dice que agarre su mano", "Madre, no me quiero ir", de cuando en cuando decía estas cosas en un tono bajo, yo supuse que estaba delirando y le ponía paños en la frente y mojaba sus labios, ella decía esto dormida, yo intentaba ignorar sus palabras.
Llegamos al pueblo, luego de siete horas, pues tuve que parar mucho para auxiliar a María, quien estaba como en otro mundo, comió con dificultad y nunca me habló, cuando llegamos donde la médica ella me dijo que María iba a morir pronto, que no había esperanza para ella, que si aguantaba el viaje de regreso a casa era mucho, que mejor me apurara para que alcanzara a morir en el seno de su casa y madre. Sus palabras me aporrearon, todo aquel viaje para nada, todo este camino le había quitado horas de su corta vida, las que pudo haber pasado con su madre y hermanos.
Reinicié el camino ipso facto, sin gastar ni un maravedí, mi misión era llevar a aquella muchacha delirante a su hogar antes de morir, lo cual intenté hacer casi corriendo, pero fue inútil, pues en la tercera hora de camino María se agarró muy fuerte de mí y mordió mi hombro derecho, luego dejé de sentir su respiración, aquella muchacha de ojos hermosos y pechos leves había muerto en mi espalda. Se fue, sin decir nada, lo último que dijo fue en el consultorio de la médica: "Madre, quiero agarrar la mano del ángel", mientras abría sus ojos con una mirada extática, para luego cerrarlos y poner una mano en su estómago. Ahora, estaba cargando un cuerpo yerto e inerme, no sabia qué decirle a su madre exactamente y la idea de cargar un cuerpo sin vida por unas 3 horas aproximadamente, me aterraba. Pero, tuve que hacerlo, con el resultado curioso de que su cuerpo, en poco tiempo, resultó tan pesado como un bulto de piedras.
Llegué a casa cayendo del agotamiento que sentía, mi madre lloró al saber de la muerte de María, y rápidamente llamó a su madre quien no pudo parar de llorar sobre el cuerpo de su adorada "niña", María fue enterrada al día siguiente, rodeada de sus hermanitos y los sollozos de su madre. Suelo cuidar las flores que crecen en su tumba y recordar aquel hecho con cierta tristeza.
Si le paso a tu abuelo debió ser bastante traumatizante (cargar un cuerpo tres horas). Solo me pregunto si el final triste es parte de la historia real o es parte de la recreación que hiciste. En todo caso, está muy buena la anécdota.
ResponderBorrarOjo, en el segundo párrafo largo tienes un error: ¨Cuando estuve listo, fui a la casa de Doña Emilia, la que quedaba a 15 minutos de la mía, pude ver a aquella mucha …¨ de resto está todo very nice.
me faltó el "cha" XD. La verdad, mi abuelo me contó hasta cuando la devolvió a casa. El resto no lo sabe él.
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