“Vacilan y caen los hombres sufrientes, ciegos, de una hora en la otra, como aguas de roca en roca lanzados, eternamente, hacia lo incierto.”
― Friedrich Hölderlin
A veces, por los ires y venires de la vida, las cosas pierden su sentido y ya nada representa un consuelo para uno, no importa cuántos libros maravillosos leas, no importa cuántas palabras reconfortantes recibas de aquellos quienes son cercanos a ti, no importa si compras tu comida chatarra favorita, o si te sientas frente a un árbol a buscar la iluminación zen o a que un fruto te golpee la cabeza, a ver si te despiertas, es que, simplemente hay épocas tan anodinas en la vida que uno solo sigue una rutina, uno se duerme y pierde el sentido, más bien, no hay ningún horizonte, no hay ninguna compresión de sí y del mundo, uno no le da un horizonte de interpretación al mundo y vive como un guijarro negro, al lado de un camino muy transitado, el que es pateado furiosamente por la monotonía, por la insignificancia, por un desasosiego que se acepta sin pena, ni gloria, porque a pesar de todo hay que vivir, aunque sea de manera inconsciente.
Para ampliar más lo que quiero decir, traigo a colación a ese maravilloso escritor que filosofaba llamado Albert Camus, con una frase de su muy conocido libro, El extranjero:
"Y Nunca me he sentido tan profundamente, en un único y mismo momento, tan separado de mí mismo y tan presente en el mundo".
Algo así le sucede a uno, algo se separa, el "yo" se va de vacaciones, a buscar aires menos inciertos y, queda la cáscara, el vestigio de lo que uno guardaba en lo más íntimo: los sueños, las metas, los ideales, las ganas de estudiar, la fuerza para levantarse todos los días a las 5:30 am, el soportar el pensamiento incesante en la persona amada que yace en ese lugar llamado: "no te puedo hablar, porque lo arruiné, y mejor me trago el dolor, y lo convierto en desapego, porque, de lo contrario me muero de pena moral", los principios se vuelven frutos que nunca debieron ser comidos y la vida como decía quien conocía bien, el dolor y la tragedia, Hara Tamiki, ya no ofrece nada para agarrarse a ella. Y qué tiene qué ver esto con el tema que nos inquiere , pues cuando uno esta así de entumido, uno no escucha, ni escribe, ni lee igual, a pesar de que tal vez por el hecho de estar frustrado y desilusionado, uno puede escribir reflexiones interesantes sobre el asunto, pero hay casos tan extremos de tedio, de hastío y de frustración que uno se mecaniza, y hace las cosas no por voluntad, sino por impulso, porque toca. Como esa tarea de X profesora que implicaba escribir un ensayo X, como ese almuerzo que te comes día a día y parece ser el mismo, y se vuelve insípido, pues llega a no saber a nada, como ver todas esas caras que no dicen mayor cosa, pero que toca darles un detalle, un impulso, una emoción para no morir en el camino de las relaciones con el otro. En fin, en este momento me siento más o menos de esa manera y las ideas que me mueven y me representan, pierden su fuerza, lo mismo en la escritura, ya nada me inspira, o me mueve a escribir, aunque ciertas personas y autores dicen que uno debe escribir sin la influencia de las emociones, pero yo digo que son necesarias, como amar a alguien o algo, en fin, después ampliaré este tema.
Para no hacer esta entrada tan gris, pondré la foto de grandes personajes de la literatura y la filosofía con gatos, solo porque sí:
Sartre.
Foucault.
Hesse.
Aldous Huxley
Àlvaro Mutis
Y Yukio Mishima, uno de mis autores japoneses favoritos.